Cuando Gimnasia y Tiro salvó el Carnaval

El Club de Gimnasia y Tiro no sólo fue –y es- uno de los más importantes referentes deportivos de Salta, sino que a lo largo de su más que centenaria historia supo ser protagonista de eventos populares que marcaron una época, como fue cuando albergó en sus instalaciones los corsos del carnaval.

Por Ernesto Bisceglia.

Candidatas a Reina del carnaval a mediados de los 60

Éramos changos, allá por los setenta y cuando pasábamos en la bicicleta por la entrada de la parte social de Gimnasia y Tiro y veíamos ya instalado aquel enorme mascarón que parecía engullir a los ingresantes, sabíamos que se aproximaba la época del carnaval.

Eran los tiempos en que el corso se realizaba en la Avenida Belgrano, desde Avenida Sarmiento donde daba inicio y llegaba hasta Pueyrredón donde los paseantes daban vuelta y retornaban por la mano contraria hacia el lugar de inicio. Las familias se ubicaban en las veredas y algunos al medio para ver de ida y de vuelta.

Las familias que vivían en “La Belgrano” disponían alguna mesa en los balcones que se atiborraban de parientes que iban a ver el espectáculo desde allí. El desfile daba inicio con el disparo de una bomba de estruendo, a eso de las 21 horas. Los que vivíamos en las cercanías del Club Gimnasia y Tiro, escuchábamos la detonación y en nuestro caso, nuestro padre decía: “Ya tiraron la bomba, vamos yendo”, y entonces todas las familias de la zona marchaban a ganar lugar. Lo mismo, a las doce de la noche volvía a sonar otra bomba anunciando que terminaba el corso y que había partido desde Sarmiento la última agrupación. Entonces nuestra decía, “Vamos yendo que ahora empiezan a mojar”.

Las murgas y comparsas avanzaban acompañadas atrás de una barra nutrida de muchachos del barrio de dónde provenía la agrupación. Sabíamos a lo lejos que ya llegaban por la nube de harina que los acompañaba sobrevolando y que venían tirándole a los asistentes. Era la “barra brava” que cuidaba a los indios o murgueros y a las mujeres que desfilaban porque era común, sobre todo en la noche en que discernían los premios que se trenzaban en alguna trifulca por razones de “celos profesionales”, se diría.

Esa barra venía acordonada y con un par de policías “como por las dudas”. Desde ese montón de sujetos podía salir cualquier cosa, una bombucha con pintura, un manotazo de harina en la cara, un chorro de agua, lo que fuera. Era “la negrada” como decían las señoras de esos vecindarios. No existía el Inadi entonces.

A pesar de ser una época pacata, donde la moralidad media estaba discernida por atávicos prejuicios confesionales que medían escotes y polleras, un clásico esperado y respetado aún por los funcionarios de adusto gesto del “Proceso”, era la agrupación “Los caballeros de la Noche”, que pasaban desplegando un glamour propio de Venecia o Río de Janeiro. Hasta mi madre, señora de misa diaria se entusiasmaba alertando: “¡Ahí vienen!”. La gracia, el excelente gusto y la artesanía de aquellos trajes desvanecía cualquier comentario soez o prejuicioso. Eran ellos que podían pasearse como ellas con gracia y elegancia arrancan aplausos de los señores de uniforme y sotana. El arte en estado puro.

El corso era un ambiente familiar donde se mezclaban mayormente las familias de clase media de la zona. Las chicas quinceañeras eran aconsejadas por sus madres “ponete cualquier cosa, a ver si te tiran algo”. Mientras caminaban la avenida era común cruzarse con grupetes de muchachos que iban a divertirse con agua, entonces el padre de familia caminaba delante como una advertencia que no siempre funcionaba porque la retaguardia quedaba siempre desatendida.

De aquellos años la memoria no registra en todos esos desfiles episodios de violencia, de hecho la policía mantenía el respeto al cordón que marcaba el límite en las veredas y alguna que otra amonestación, nada más.

Tendríamos unos diez años y la diversión previa al corso era sentarnos en el umbral de la casa a ver pasar los disfrazados, los grupos de comparsas, en fin, que venían caminando desde Villa Lavalle, en el caso de Los Toykas y más adelante Los Incas. Venían los cajeros y los gorros mayores portados por el indio con la mujer y los niños. Ella llevaba algún bidón con agua para el camino porque esa mole pesaba hasta 70 kilos y pasaban delante nuestro dejando en el aire el perfume de la albahaca que llevaban en la mano, en la caja o en la tumbadora.

A veces, la municipalidad disponía de sus camiones 1114 para buscarlos y allá venía el camión con un solo plumón arriba o lleno de caretones acompañados de bombos, pitos y tambores.

En la esquina de Santiago del Estero y Vicente López, por muchos años supo existir un estudio de diseño que todos los años preparaba una carroza. Y era la diversión ir todos los días a ver cómo se iba formando ese enorme caballo o dragón, cómo se soldaban los alambres y se instalaban los cables que en las noches le darían luz y color. Los tachos de engrudo cocido y papel de bolsas de azúcar de esas de 50 kilos para las partes más duras y el resto con papel de diario.

Para participar del desfile había que inscribirse en la Central de Policía, donde a cada participante le daban una tarjeta de color con el nombre, agrupación y el sello oficial. Sin ese requisito no se podía desfilar: “Pongale una bolsita”, aconsejaba el oficial para que no se arruine porque eran expedidos a tinta.

Hay que reconocer que, durante el gobierno de facto, la municipalidad de Salta organizó los mejores corsos, con buenos premios y un enorme palco oficial que se situaba en la plaza Belgrano, con una corona de luces amarillas en el medio y plagada la avenida de luces y banderines.

Éramos entusiastas del corso, tanto que, viviendo a cuadras de Gimnasia y Tiro, en la calle Santa Fe, nos íbamos en la bicicleta hasta Villa Cristina y Villa Chartas donde el chango Condorí con maestría artística confeccionaba los caretones de la Murga “La Pantera Rosa” que obtuvo (ya en la avenida Virrey Toledo) el primer premio y quien escribe por el porte iba dentro del mascarón de “Patán” que cubría hasta los pies y dejaba sólo los brazos afuera. Pecados de adolescencia.

No recuerdo el año y creería que por razones económicas la municipalidad de Salta decidió suspender la organización de los corsos. ¡Salta se quedaba sin carnaval! Allí fue cuando la Comisión Directiva del Club Gimnasia y Tiro asumió la responsabilidad de organizar los desfiles en la cancha.

Y allá fueron las agrupaciones y carrozas, que ingresaban por el portón de calle Leguizamón y de allí a la cancha y daban la vuelta mostrando sus destrezas y trajes. Allí había que pagar una entrada obviamente y la memoria me trae imágenes de asistir desde las butacas de la “techada”, delante de la cual estaba el jurado. Eso duró más o menos tres años, tal vez. Insisto que este relato está basado en datos que aportan los recuerdos.

En tiempos en que el corso se realizaba todavía en la Avenida Belgrano –y luego en la ex Virrey Toledo-, el último domingo, la jura de premios se realizaba en el Club de Gimnasia y Tiro. Ese era otro espectáculo aparte porque se hacía a la hora de la siesta, así que allí estábamos sentados mirando ese desfile por la calle Santa Fe o Vicente López de los que venían con sus mejores galas a competir por el premio. En el camino, los grupos de comparsas, a veces de seis o siete integrantes bailaban para las familias que estaban en las puertas viéndolos pasar a cambio de alguna moneda –la “chiroleada”, que servía para pagar un transporte hasta la villa o algunos vinos en algún bar- que guardaba un indio en una bolsa que llevaba terciada. Entonces desplegaban su arte frente a la casa donde los abuelos ya habían dispuesto algunas sillas, danzando y cantando mientras los changos íbamos a curiosear. Generalmente se acompañaba ese pago con algunas bebidas frescas o alguna confitura hecha en la casa.

Hubo casos en que algunas comparsas o murgas desconformes con el premio dado en Gimnasia y Tiro no se presentaban a la noche en el corso final a modo de protesta.

Cuando terminaba el corso venía “el desbande”, decían las viejas. Llamaban a eso las corridas de las chicas escapando de los muchachones que les disparaban impiadosamente chorros de agua con los pomos y papel picado que se vendía por kilo que se adhería a la piel con el agua, mientras el ambiente se mezclaba de aroma a talco perfumado en tanto volaban serpentinas, todo acompañado del inquietante olor de los choripanes que crepitaban en alguna esquina.

Paciente esperaba a la finalización del corso, acodado en su barquito pintado con los colores de Boca Juniors, Don Yaquino, estacionado en Pasaje Zorrilla y Pueyrredón (vivía a media cuadra) para vender sus helados artesanales, que ya habíamos comprado a la tarde cuando pasaba por casa en medio de las bombas de agua y los baldazos de la refriega carnavalera: “Vainilla, chocolate o naranja. Vasito o sanguche”, era la oferta. Manjar jamás repetido.

Los traviesos que teníamos algún amigo en un edificio alto lanzábamos al azar bombas de agua sobre ese “hormiguero pateado” en que se transformaba la calle al final del corso. Una inocente maldad, claro.

Al corso le seguía el baile que tenía puntos decididos ya. La Sociedad Española, el Sindicato Municipal que entonces habilitaba su salón de la calle San Luis, el Centro Argentino de Socorros Mutuos –entre los que recuerdo- y por supuesto, Gimnasia y Tiro que adornaba el ingreso con ramas de palmera y que la crítica popular decía que allí iban a bailar “los de clase”. En aquellos escenarios pasaron bandas como Tempo, Pomelo y la recordada Banda Gress, que formaban Jorge Cortez y su hermano Roque; el flaco Marcelo Wayar, Ricardo Cañavate y el “Tribi” Rodriguez, que desplegaban su repertorio de rock mientras se danzaba en el espacio de las canchas de tenis. 

En Gimnasia y Tiro se asistía disfrazado y se mezclaban el Arlequín con alguna dama antigua, un enmascarado ataviado con ropas de difuntos parientes, el antifaz de cartón pintado con colores vivos brillantes y mientras se comía alguna especie de las que se ofrecían por allí.

Terminaba el último corso y Gimnasia y Tiro volvía al oscuro silencio de las noches, mientras allá, por la  calle Córdoba hacia abajo iban algunas parejas que abrazaban su simpatía amorosa, él con el gorro emplumado agarrado con la mano izquierda sobre el hombro y la caja pendiendo de la cintura, el ramito de albahaca en la oreja y  con los cascabeles que acompasaban el paso cansino, mientras con su brazo derecho rodeaba a la india o a esa vistosa pasista de una murga, quizás Maracangalla o Hollywood Nigth.

Y se perdían en la oscuridad de la calle y del tiempo, compartiendo ese amor que daría meses más tarde como resultado un hijo, seguramente del “Diablo de la Comparsa”.

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