La falta de protección pone el peligro la existencia del Yaguareté en Salta

En Salta, la palabra ambiente parece ser una mala palabra, o al menos una que incomoda. Al parecer hay un divorcio entre la producción de riquezas y la protección de la tierra que la entrega.

Por Enrique Derlindati, Dr. En Biología

Mientras el juicio a los asesinos de un yaguareté en Formosa ocupa las portadas de medios nacionales, aquí el silencio del ministerio encargado de la biodiversidad es ensordecedor. No hay comunicados, no hay condenas, no hay políticas claras. Solo un mutismo cómplice que erosiona la esperanza de conservar a uno de los mayores símbolos naturales de la Argentina.

El yaguareté —o tigre, como se lo conoce popularmente— es el tercer felino más grande del planeta, solo detrás del tigre asiático y el león africano. En nuestro país su situación es crítica: menos de 90 ejemplares sobreviven en la selva misionera, apenas unos 20 en la región chaqueña, pero más de 200 todavía resisten en las yungas del Noroeste Argentino. Y es aquí, en Salta, donde los científicos estiman que se encuentra la población más grande y mejor conectada de la especie. Sin embargo, irónicamente, es también donde menos importancia se le da a su protección.

Las áreas que deberían ser la primera línea de defensa, Dirección de Áreas Protegidas y Programa de Biodiversidad, no funcionan, mientras tanto, el yaguareté es cazado sin control. Pieles y trofeos aparecen en zonas rurales sin que se tomen medidas concretas. No se trata solo de perder un depredador tope, pieza clave en el equilibrio de los ecosistemas. También se trata de dejar escapar una oportunidad económica y cultural. En Brasil, algunos ganaderos celebran la presencia del yaguareté en sus campos, porque el turismo de avistaje les genera más ingresos que el ganado que pierden. Un ejemplar vivo vale más que su piel colgada en una pared.

Pero en Salta, el Ministerio de Producción y Desarrollo Sustentable, tiene otras prioridades: vacas, soja y minería, mientras la biodiversidad es relegada al último cajón. Y el eslogan oficial de “producir conservando” suena a burla. Con una visión cortoplacista, hipotecan el futuro de una de las provincias más diversas del país.

Si seguimos por este camino, dejaremos de habitar un paraíso natural para vivir en un páramo degradado: con agua contaminada, suelos erosionados, hambre y enfermedades. Basta con observar el Chaco salteño y su “pobreza estructural” para entender hacia dónde vamos. Como decían las abuelas, para muestra basta un botón, pero aquí los botones ya no existen.

Como ciudadanos, nos queda el deber de alzar la voz. Exigir que la biodiversidad deje de ser vista como un lujo o un adorno, y que se convierta en un eje central de la planificación provincial. Porque sin yaguaretés, sin selvas, sin agua limpia, no habrá futuro, ni riqueza. Y ese futuro empieza a decidirse ahora.

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