Dos amigos vieron cómo un OVNI se llevaba a Carlos Díaz que se acuerda y cuenta que en la madrugada del 5 de enero de 1975, mientras caminaba por White, provincia de Buenos Aires, una luz lo envolvió y lo dejó media hora después en Buenos Aires, a más de 400 km de distancia.

Carlos Díaz, protagonistas del más increíble suceso OVNI en Argentina
Era una madrugada de verano como cualquier otra en Bahía Blanca. Carlos Díaz, empleado en el ferrocarril, había terminado de trabajar como mozo en un casamiento que se había festejado en el Club Napostá.
Poco después de las 3 de aquel 5 de enero de 1975, con la celebración ya finalizada, pasó por la primera cuadra de Sarmiento y compró un ejemplar recién salido a la calle de «La Nueva Provincia» que guardó en su bolso.
Luego se subió a un colectivo de la línea 500 en Chiclana y avenida Colón y emprendió el regreso a su casa, en Ingeniero White. Hasta allí nada anormal, aunque su vida tuvo un giro inexplicable e inesperado cerca de las 3:45, más precisamente a metros de su casa ubicada en Daniel de Solier.
A las 4:17 apareció dormido en el patio de una casa en el barrio de Retiro, frente a la Casa de la Moneda, en Capital Federal. Tenía su bolso colgado, sus elementos de mozo, el ejemplar de «La Nueva Provincia» y el boleto del colectivo que se había tomado unos minutos antes de la compañía La Unión. Todo estaba en el mismo lugar que lo había guardado.
Carlos había sido abducido por seres de otro planeta y su caso, aún hoy, sigue despertando intriga en todo el planeta. De perfil bajo y de ofrecer pocas entrevistas en la Argentina, Carlos, después de casi 50 años vuelve contar su increíble historia.
“Tenía 28 años en ese entonces. Era empleado de Ferrocarriles Argentinos y trabajaba en el galpón de máquinas de Ingenieros White, en Bahía Blanca. Pero también laburaba de vez en cuando con mi hermano, que trabajaba en la Base Aeronaval Comandante Espora.
Yo había ido temprano a armar las mesas y por eso me retiraba más temprano. Me fui a las 3 de la mañana caminando solo hasta tomar el micro que me llevaba a Ingeniero White, donde yo vivía.
Antes de subir al micro, pasé por el diario La Nueva Provincia. Ahí me compré el diario que recién había salido para llegar a casa, tomar unos mates y leerlo. Seguí camino a la parada que estaba a media cuadra, en la avenida Colón y Estomba. Ahí tomé el micro que me llevaba a Ingeniero. Tomé el que salía a las 3 y media de la mañana y me bajé enfrente del galpón de máquinas a las 3:50, sería más o menos. Crucé y me encontré con dos amigos que salían de trabajar del galpón, uno de apellido Entraiga y el otro de apellido Miguel. Íbamos conversando, charlando, “¿a qué hora va el partido?”, ese tipo de conversaciones.
De pronto vimos una luz blanca, pero la dejamos pasar. Pensábamos que era un avión o algo parecido. Esa luz de repente se acercó. Yo iba en el medio de los dos y me chupó a mí solo. A los otros dos no.
A ellos no les dio tiempo a nada. A mí tampoco. Se volvieron locos. Lo primero que hicieron fue ir hasta mi casa y le golpearon la ventana a mi señora. Le decían: “Mirta, Mirta, Mirta, a Carlitos lo llevó un plato volador”.
A mí este plato volador me abdujo, me chupó e ingresé por un cuadrado que, después con el tiempo, me enseñaron a decir que se llama escotilla. Entré a una esfera donde quedé de rodillas, porque no me podía parar. Era todo redondo. Y adentro había tres seres de color verde y le faltaban las manos, no tenían ojos, ni orejas, ni nariz, le faltaban los pies. Las piernas les llegaban hasta los tobillos. Ellos no se apoyaban ni caminaban. Levitaban.
Ahí me agarró una desesperación terrible, unas ganas de llorar, de gritar. Me oriné encima del miedo. Los seres se me acercaban no sé con qué intención. Cada vez que se me arrimaban se me caía el pelo por la energía que salía de ellos. Se les pegaban pelos de mi cabeza, de mi cuerpo. Yo tenía pelo largo en ese momento y me quedé lampiño. Cuando se me acercaban, intentaba alejarlos y eran de un material parecido a la goma espuma. Eran esponjosos.
Al cabo de unos 20 minutos, me dejaron en el patio de una familia. Me soltaron de una manera muy especial porque no me lastimé ni nada. El patio quedaba al frente de la Casa de la Moneda, en Retiro. Desde donde me levantaron hay más de 700 kilómetros, unas 8 horas de auto que hice en cuestión de minutos.
En el patio, hasta que no vino el dueño de la casa, yo no me desperté. El hombre vio que estaba en el suelo y los dos perros estaban al lado mío. Le llamó la atención que los perros no me toreaban ni me hacían nada, como que me estaban cuidando. Después, con el tiempo, me enteré por unos científicos que era porque yo tenía radiactividad en el cuerpo.
A las horas, me internaron en el Hospital Ferroviario. Me prepararon una pieza y todos los días me iban a ver los médicos. Me revisaban a ver qué tenía, qué no tenía, cómo andaba. Nunca me enteré de los resultados de los exámenes ni me interesaba. Lo único que quería era irme a mi casa. Estuve 17 días en el hospital. Me decían que tenía que hacer cuarentena, pasar 40 días aislado por miedo a si había estado en contacto con algún material radioactivo.
Después, cuando volví a Bahía Blanca, me habían dicho que no fuera a trabajar, pero yo le pedí al jefe de Ferrocarriles que me dejara. Yo quería seguir con mi vida normal y no me lo permitían. Imaginate que yo no sabía ni qué significaba la ufología antes de este hecho. El tema OVNI era totalmente ajeno a nosotros, algo en lo que ni pensábamos en realidad.
Cuando volví al trabajo, todos mis compañeros estaban al tanto de lo que me había pasado. Lógicamente, había un revuelo de puta madre. Este episodio me cambió la vida por completo. Los vecinos e incluso el periodismo de esa época no respetaban los horarios. Iban y me tocaban la puerta a cualquier hora, a las 2 o 3 de la mañana. Venían de otros países, de Chile, de Venezuela, a intentar hablar conmigo. En menos de 72 horas se había enterado todo el mundo. Yo no quería saber nada con los medios. Estuve quince años viviendo escondido.
Con mi señora nos pusimos de acuerdo sin hacer ningún escándalo. Yo fui para un lado y ella fue para otro. Con el tiempo directamente nos separamos. Yo viví en Mendoza, después me mudé a Neuquén y ahora estoy viviendo en Capilla del Monte, Córdoba. Dejé de lado el rubro ferroviario. Me aboqué a la gastronomía y a la hotelería. Hoy tengo un hostel acá. Sigo trabajando más allá de que estoy jubilado”.


