Si existe un Prócer en la historia argentina que talló su identidad en base a una conducta intachable en todos los órdenes de su vida, ése fue el General José de San Martín. En el día de su nacimiento es necesario revalorizar su ejemplo de hombre, ciudadano y militar extremadamente probo.
Por Ernesto Bisceglia
¿Para qué nos han de servir los homenajes a los Próceres que no sea para interpelarnos con sus ejemplos? Los Padres Fundadores de la Patria han sido rebosantes en esta materia de la ética y la moral como pedestales donde se ha de soportar una figura pública.
En el Aniversario del Natalicio del Padre de la Patria, resulta conveniente y apropiada desgranar una reflexión sobre la talla moral del Prócer.
Frente al acecho al que someten a la cosa pública muchos de los que ostentan cargos públicos, se levanta el Gran Capitán diciendo: «La voluntaria cesión de la mitad de mis sueldos me ha reducido a pasar una vida frugal y sin el menor ahorro para embolsar”; así le escribe a su amigo Godoy Cruz en 1816, un año antes de iniciar el Cruce de los Andes.
Se confiesa más adelante, en plena campaña que “Estoy viviendo de prestado” y agrega que vive “una triste situación” y que no le queda “recurso alguno para subsistir”, pidiendo a los amigos “remitirme algún socorro lo más pronto que sea posible”.
No se trataba de una lamentación “in extremis” para causa conmiseración sino de la descripción cruda de un militar que había dejado todo por el idea supremo de la Libertad. En este punto, San Martín, alcanza picos de ascetismo que acaso lo comparen con los griegos que creían que al decir había que acompañarlo con “acciones en la vida”. El Libertador es un ejemplo magnánimo de coherencia.
Tal vez, podríamos especular en que San Martín hubiera tenido una influencia de los autores clásicos pues está reputado como ávido lector y poseedor de una gran biblioteca, que donara para formar la de Lima. Sin embargo, esa conducta ética que lo hizo sobresaliente nos lleva a pensar que antes de provenir de los libros fue vaciada en su cuna: su familia.
Hablamos del ejemplo que un padre da sus hijos y que él cuando forma el Cuerpo de Granaderos a Caballo traducirá en el “Código de Honor” cuya premisa para los soldados era “predicar con el ejemplo”, evitando los desafíos, incluso más allá de que fueran justos, rechazando todo acto de cobardía, defender el honor del Cuerpo y el suyo propio, ser siempre íntegro.
En este punto de la integridad es interesante detenerse porque San Martín refiere al manejo de los dineros para el pago de la tropa, lo que hoy se podría asimilar como integridad en el manejo de dineros públicos.
Otros temas del Código versan sobre el rechazo a toda divulgación de maledicencias, guardar los secretos y mantener siempre la distancia y el respeto en los distintos rangos.
Pena San Martín toda violencia de un militar contra cualquier mujer y guardar el decoro público, no frecuentar casas de juego y “participar en juegos con personas bajas e indecentes”.
La rúbrica de estas máximas morales de San Martín es una frase que resultaría lapidaria aplicada hoy: “Ser honrado (porque) la Patria no es abrigadora de crímenes”.
La Campaña Libertadora fue un esfuerzo de ingenio que suplió la falta de recursos, pero tamaña obra maestra de la estrategia no habría sido posible sin una base moral y ética sólida establecida para una tropa casi en su totalidad analfabeta y de variopintos orígenes.
Por supuesto, ese basamento hubiera sido imposible si antes y primero que todo y todos, el propio General José de San Martín no lo hubiera predicado con el ejemplo de su vida.


