En Salta hace falta otro “pacto de los cerrillos” o no habrá provincia sostenible

Ocurrió el 22 de marzo de 1816, cuando diferencias entre el jefe porteño, José Rondeau y el salteño, Martín Miguel de Güemes, casi termina en un enfrentamiento armado. Eran al final, dos facciones del mismo bando. La grandeza y el consenso no sólo evitaron un enfrentamiento entre hermanos, sino que ese acuerdo permitió la realización del Congreso de Tucumán y la Declaración de la Independencia.

Por Ernesto Bisceglia

La historia es maestra de la vida, lo sabemos, y el análisis de los hechos del pasado con sus antecedentes y consecuencias debe aplicarse a la realidad para formar un juicio crítico que permita superar la coyuntura actual.

En aquel año de 1816 aquel incipiente país tenía un enemigo común, uno de los ejércitos que habían hecho temblar a Napoleón, el español, que pugnaba por atravesar la línea de la Quebrada de Humahuaca y “Poner las banderas del rey de España en el Fuerte de Buenos Aires”, tal la promesa que se hiciera uno de los jefes realistas.

El jefe del Ejército Auxiliar, José Rondeau había declarado a Güemes “reo de estado” y exigía la sumisión del gobernador y de la ciudad de Salta. Sitiado en Salta, Rondeau, acusó el desabastecimiento y la incomunicación a que lo habían sometido los gauchos salteños, decidiendo ir en busca de Güemes que se había retirado hasta Cerrillos para rendirlo en batalla.

La celebración del Pacto de los Cerrillos fue saludada por el propio General José de San Martín desde Mendoza “con veinte salvas de bombas” y permitió la celebración del Congreso de Tucumán en el mes de julio de ese año y nada menos que la Declaración de la Independencia. Todo esto dicho en muy sucinta y apretada síntesis.

Los salteños necesitamos otro Pacto de los Cerrillos

La grandeza de Güemes y el consenso con un ocasional enemigo –Rondeau-, partidarios de la misma causa, pero enfrentados por ocasiones circunstancias, más la maledicencia de aquellos que propiciaban la desunión, evitaron el mal mayor que habría sido quizás la caída misma del gobierno de Buenos Aires y el retorno al vasallaje español.

Hoy, la provincia de Salta atraviesa una crisis social, económica, cultural y política, de dimensiones desconocidas hasta hoy, con el agravante de que no se avizora un futuro promisorio ni remotamente.

El gobierno actuante, heredero del desguace realizado por su antecesor, no encuentra luego de dos años y fracción la salida a los graves problemas que acusa la provincia. La herencia ha sido pesada y la pandemia contribuyó a complicar aún más las cosas.

Pero es urgente y necesario pensar la Salta del corto plazo, hallar una salida sustentable a esta crisis, y esa no será la tarea ni de un líder –que no existe- ni de un gobierno en soledad.

En preciso que todas las fuerzas políticas se reúnan en un torno al objetivo común de sacar adelante esta provincia que NO ES POBRE, sino que ha sido EMPOBRECIDA por malas administraciones.

Para eso, es necesario que las actuales autoridades, tanto del Ejecutivo provincial como municipal, tengan a imitación de nuestro Prócer Gaucho, un acto de grandeza y llamen al consenso, porque el problema es todos. Y la solución tiene que salir del aporte de todos igualmente.

Pensar en una renovación de mandatos por el sólo capricho político no es sino condenar a los salteños a la incertidumbre de un tiempo borrascoso donde a diferencia de aquella expresión del General Manuel Belgrano, esta vez no habrá “Ni vencedores ni vencidos”, sino que habrá solamente vencidos.

Y esos serán todos los salteños.

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