Batalla de Salta: un caso de desobediencia que salvó a la patria

El General Manuel Belgrano por su condición de militar le debía obediencia debida al gobierno de Buenos Aires que sólo pensaba en sus intereses económicos y políticos. Ante la invasión realista había que salvar al Puerto, lo demás no interesaba. La orden de Belgrano era replegarse a Córdoba para cuidar a Buenos Aires. La desobediencia a esa orden salvó a las provincias del norte.

Por Ernesto Bisceglia.

Esa conocida frase que dice que “Para Buenos Aires la Argentina termina en la General Paz” tiene contenido histórico. Porque el país nació así, centralista y macrocefálico y aunque la Constitución Nacional declare el federalismo, en los hechos el interior sigue constituyendo todavía para el Puerto el grupo de “Los trece ranchos habitados sólo por brutos e ignorantes”, al decir entonces de Mitre y de Sarmiento.

De manera que Buenos Aires se consideró desde el inicio a sí misma un país, era el país y su interés quizás llegaba hasta no más allá de Córdoba y las provincias del litoral. Hacia el sur era tierra del aborigen. De hecho, los “Pactos preexistentes” que menciona el Preámbulo de la Constitución, fueron todos signados por Buenos Aires y las provincias circundantes. Más allá de la línea de Córdoba no había una noción clara de qué había ni quiénes lo habitaban.

Las invasiones realistas obligaron a Buenos Aires a mirar hacia ese interior lejano, en un principio para llevar la “idea de la Revolución” y según algunos autores para negociar con el español antes que defender la frontera norte. De allí que el primer enfrentamiento en Cotagaita no haya pasado de un tiroteo a distancia.

Tal vez, otra prueba de que el Ejército Auxiliar que comandaban Antonio González Balcarce y Juan José Castelli venía con intenciones de arreglo más que de defensa y recuperación del territorio, sea la Batalla de Suipacha –considerada el primer triunfo de las armas patriotas- generada a instancias de un joven militar salteño, Martín Miguel de Güemes, que lejos de ser felicitado, fue sancionado y borrado del parte de guerra que elabora Castelli a casi cien kilómetros de distancia del lugar.

El desastre de Huaqui en 1811 llevó a que el Triunvirato nombrase a Manuel Belgrano para hacerse cargo de los rezagos de aquel ejército en 1812. La orden del gobierno central era replegarse hasta Córdoba para defender a Buenos Aires, ciertamente, las provincias del norte no le interesaban al gobierno central, o bien, su dimensión de país era solamente el Puerto. Algo que no ha cambiado.

Los hechos son bastante conocidos: ante la inferioridad de condiciones el General Manuel Belgrano ordena evacuar a Salta y Jujuy dejando tierra arrasada al invasor. Pero ante el pedido del pueblo tucumano decide desobedecer al gobierno central y presenta batalla en Tucumán el 24 de Setiembre de 1812. Días antes, su retaguardia había obtenido el triunfo en Río Piedras.  Gana Tucumán y comienza el avance hacia Salta.

La Batalla del 20 de febrero de 1813 en los Campos de Castañares es de todas las libradas durante la Gesta de la Independencia la más importante porque puso el cerrojo definitivo a las aspiraciones realistas de “Clavar las banderas del Rey en el fuerte de Buenos Aires”, como se había jurado el general José de la Serna. 

Luego de ese día, nunca más los realistas pasarían la línea del Río Pasaje hacia el sur.

Tan importante fue ese acto de desobediencia de Belgrano al gobierno central que, si el general Manuel Belgrano hubiera perdido esa batalla del 20 de febrero de 1813, hoy quizás la historia se contaría de otra manera.

Fue una deliberada desobediencia debida porque Manuel Belgrano debía desobedecer al Triunvirato porteño y a los señores de Buenos Aires que no tenían idea de cuánto se sufría y se moría en el norte por la Patria. La actitud de Belgrano le mereció serias críticas y reproches de los que dijo en una carta a Feliciano Chiclana: “Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son esos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna, dan conmigo que me río de todo, y que hago lo que me dictan la razón, la justicia, y la prudencia, y no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.

Aquella decisión permitió los triunfos de Tucumán y Salta que sellaron la suerte de este nuevo país. Belgrano pensó acertadamente que, si obedecía a Buenos Aires y se retiraba a Córdoba, las provincias del norte serían invadidas y se perderían para el movimiento de mayo.

Sin ese triunfo estratégico, el general José de San Martín quizás no hubiera podido cruzar los Andes ni la gloria del General Martín Miguel de Güemes, hubiera sido posible. Tal vez, tampoco se hubiera llegado al Congreso de Tucumán en 1816.

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